lux Instinct de liberté
Normand Baillargeon   
Petit cours d’autodéfense intellectuelle
Illustrations de Charb

Rédigé dans une langue claire et accessible et illustré par Charb, cet ouvrage constitue une véritable initiation à la pensée critique, plus que jamais indispensable à quiconque veut assurer son autodéfense intellectuelle.

On y trouvera d’abord un large survol des outils fondamentaux que doit maîtriser tout penseur critique : le langage, la logique, la rhétorique, les nombres, les probabilités, la statistique etc. ; ceux-ci sont ensuite appliqués à la justification des croyances dans trois domaines cruciaux : l’expérience personnelle, la science et les médias.

« Si nous avions un vrai système d’éducation, on y donnerait des cours d’autodéfense intellectuelle. »

Noam CHOMSKY

Normand Baillargeon enseigne les fondements de l’éducation à l’université du Québec à Montréal. Il est l’auteur de L’ordre moins le pouvoir et de Les Chiens ont soif chez le même éditeur. Il collabore régulièrement au journal Le Couac et à la revue À bâbord!.

Le Petit cours d’autodéfense intellectuelle a été en nomination pour le Prix du public, Salon du livre de Montréal 2006.

Écoutez Normand Baillargeon sur les ondes de France Inter, à l’émission Là bas si j’y suis du 14 mai 2007, en compagnie de Daniel Mermet.

Écoutez Normand Baillargeon en entrevue à Indicatif présent.

Écoutez Normand Baillargeon en entrevue à Macadam Tribus.

Écoutez la dédicace sonore de Normand Baillargeon, en direct du Salon du livre de Montréal 2006.

Bonnes feuilles (format pdf) 217 Ko
Petit cours d'autodéfense intellectuelle
Parution : 18/05/2005
ISBN : 2-895960-44-5
344 pages
12 x 21 cm
20.85 $
Revue de presse
- Consulter Bienvenidos al 'Pequeño curso de autodefensa intelectual' Ivanovich Torres Figueroa www.bottup.com, 17 avril 2008
- Consulter Vaccinations contre l'intox Alain Joannes www.journalistiques.fr, 16 mars 2008
- Consulter La démocratie comme art martial Bernard Arcand Le Libraire, novembre-décembre 2007
- Consulter Censure, Désinformation, Propagande... Tout un Programme Ruby Bird www.cmaq.net, 21 août 2007
- Consulter L'antipropagande de Normand Baillargeon Caroline Montpetit Le Devoir, 30 juin et 1er juillet 2007
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Robert Bilinski Bulletin de l’Association Mathématique du Québec, octobre 2006
- Consulter Détecteur de poutine Steve Bergeron, La Tribune, 7 mars 2007
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Sylvain Marois Nuit blanche, octobre 2005
- Consulter Petit cours d’autodéfense intellectuelle David Huard Al-Terre Eg-Eau, Automne 2005
- Consulter Le coin des libraires, Bric à brac culturel Le Bouffon, février 2006
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Yves Bergeras, Le Droit, 12 août 2006
- Consulter Guide pratique pour esprits critiques Julie Delporte Quartier libre, 24 mai 2006
- Consulter Paroles de citoyens -- Pédagogie Lorraine Dumont Factuel, avril 2006
- Consulter Petit cours d’autodéfense intellectuelle André Payette Québec Sceptique, Automne 2005
- Consulter Normand c. les margoulins M.D. L'Info Bourg, Vol. 18 no 1
- Consulter L'autodéfense commence par la mathophobie Danic Parenteau L'aut'journal, avril 2006
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Alain Accardo Le Monde diplomatique, avril 2006
- Consulter Un kit de poutine gastronomique Hubert Mailhot Essai 21, Hiver 2006
- Consulter Surdose d'info: a-t-on le choix ? Martine Batanian Femme Plus, janvier-février 2006
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Marie-Andrée Bousquet Factuel, novembre 2005
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Jean-François Crépeau Le Canada Français, 30/112005
- Consulter PETIT COURS D’AUTODÉFENSE INTELLECTUELLE Jacques Boisvert Pédagogie collégiale, automne 2005
- Consulter PETIT COURS D’AUTODÉFENSE INTELLECTUELLE Christian Boissinot Hebdo Garneau, Vol. 29, no 2, août 2005
- Consulter Décoder l'arnaque Michel Vézina Ici, 1er au 7 septembre 2005
- Consulter Petit cours d'autodéfense intellectuelle Aleksi K. Lepage La Presse, 14/08/05
- Consulter Prendre au mot Tristan Malavoy-Racine Voir, 14 juillet 2005
- Consulter Le prof Baillargeon et la pensée critique Louis Cornellier Le Devoir, 18 juin 2005
Bienvenidos al 'Pequeño curso de autodefensa intelectual'

FRANCIA—Normand Baillargeon es un profesor que ejerce en la Universidad de Québec en Montreal (UQAM) la materia de ‘Fundamentos y Organización de la Educación’. Al mundo, Baillargeon ofrece un libro donde se pueden encontrar las herramientas necesarias para defenderse de la propaganda, del autoritarismo y de la mentira política.

En gira de promoción en Francia, Baillargeon presentó su obra, titulada Curso de autodefensa intelectual (Petit cours d´autodéfense intellectuelle, en francés, Lux Éditeur 2007, Québec). Además del libro, Baillargeon participó a la promoción de un documental sobre las ideas de Noam Chomsky (profesor emérito de lingüística de Massachusetts Institute of Technology, MIT, en Estados Unidos).

En abril y mayo del 2007, el periodista radiofónico francés Daniel Mermet (radio France Inter), realizó con su equipo una serie de entrevistas de Chomsky. En el documental, que se encuentra en su fase de montaje y edición, es citado Baillargeon y su libro. El documental, intitulado Chomsky y compañía, tiene como finalidad difundir el pensamiento de Chomsky en Francia, donde es muy poco conocido por el público en general y también un poco desdeñado por los académicos galos.

Daniel Mermet es quizás una de las raras voces libres en la radio francesa. Sus emisiones abordan sin tapujos ni censuras el sentir crítico y conciente de la sociedad gala, así como a nivel internacional. A principios de abril, su programa Là-bas si j’y suis, difundió una serie de reportajes sobre la vida y las vidas a lo largo de frontera mexicana y el muro de la vergüenza. El Curso de autodefensa intelectual de Baillargeon emana de una inquietud: cómo son dirigidos los métodos educativos en el mundo. Pero el hilo de la obra se basa en un postulado expresado por Chomsky: “Si tuviéramos un auténtico sistema de educación, se enseñarían en él cursos de autodefensa intelectual”.

Así, Baillargeon inicia la empresa de un libro-herramienta de reflexión. “¿Qué debe contener un libro de autodefensa intelectual?”, se pregunta Baillargeon, y hace eco de su cuestionamiento al público reunido en el salón de una librería, en Burdeos.

“Cuando tenía 20 años, y empecé a descubrir las corrientes del pensamiento libertario, del siglo de las Luces, el racionalismo, ciertas ideas de la democracia, del pensamiento crítico, ¿qué libro me hubiera gustado tener para acceder, con un lenguaje simple y posible, al conjunto de todo eso, y de ahí crear mi opinión propia?”, habló, a propósito de la concepción del libro.

Baillargeon explicó que Chomsky dedicó su curso de autodefensa intelectual a Martin Gardner, filósofo estadounidense y figura principal del movimiento escéptico (The Critical Thinking) contemporáneo en Estado Unidos. Baillargeon agregó que, según Chomsky, “la propaganda es a la democracia lo que la violencia es para un estado totalitario”.

El libro está compuesto de 5 capítulos (1. El lenguaje, 2. Matemáticas: contar para no dejarse contar, 3. La experiencia personal, 4. La ciencia empírica y experimental, y 5. Los medios) y en cada uno de ellos se encuentra una extensa variedad de ejemplos, explicaciones, citaciones y hechos históricos.

Baillargeon no esconde en lo absoluto sus afinidades políticas: “Soy un socialista libertario, anarquista, próximo al movimiento de Chomsky, con esa corriente yo me sitúo; seguidor del siglo de Las Luces en Francia, del que me siento muy cercano, esas son mis afinidades intelectuales”, dejó en claro.

Matemáticas como propaganda
Tomemos un ejemplo del libro: Edward Bernays (1892–1995), sobrino de Sigmund Freud, inventor del concepto de la industria de relaciones públicas; Bernays inventó la propaganda en Estados Unidos. Contratado por la industria tabacalera, Bernays hizo posible que el tabú del cigarro en las mujeres norteamericanas fuera banalizado en los años 30. Otro ejemplo en breve es la fobia de las matemáticas. Los gobiernos establecidos, sean democráticos o totalitarios, pueden manipular por medio de encuestas, porcentajes, sondeos, cifras, variables, etc., una opinión falsa de un problema real en la sociedad.

Cuando hay números o gráficas de por medio, es probable que nuestra percepción reste intimidada ante el desconcierto de tantas cifras y ecuaciones, incomprensibles para un ciudadano común; pero esto es una formulación incuestionable para validar, digamos, el alza de los impuestos, o también para demostrar que las “coyunturas del mercado y las previsiones de crecimiento” no permiten el aumento de los salarios mínimos.

Baillargeon detalla que en su libro “no se puede encontrar todo”, pues lo más importante es que cada persona “salga a construir su pensamiento crítico, su lucha social… pero no frente al televisor, sino salir y hablar en sociedad”, dijo el quebequense.

Todo inicia humildemente, incluso para las voces que hoy pesan a nivel mundial; Baillargeon compartió esta anécdota: “Cuando Chomsky inició su lucha contra la guerra en Vietnam, entre 1964 ó 1965, sus encuentros se desarrollaron en una cocina, donde dos o tres personas, amigos de él, lo escuchaban con un aire de extrañeza; cuando Chomsky lograba, por audacia, pronunciar las palabras ‘Estados Unidos’ e ‘imperialismo’ sus amigos se burlaban de él”.

Hoy, esas dos palabras pueden ser pronunciadas sin que la burla exista para nada de por medio. El libro de Normand Baillargeon está traducido al español por la Editorial Crítica (Barcelona 2007), pero su distribución para Latinoamérica será limitada a solamente unas decenas de libros en México y Argentina.

No obstante, hay la intención a mediano plazo de ofrecer una versión de bolsillo, más barata, y probablemente con un editor diferente para Latinoamérica, como lo explicó Claude Rioux, integrante del equipo editorial de Lux Éditeur; “estamos tratando de renegociar el contrato de los derechos, y después trataremos de encontrar pequeñas editoriales en México o en Argentina, así podremos vender el libro a un precio barato y accesible para todos, eso es importante para nosotros”, concluyó Rioux.

Ivanovich Torres Figueroa
www.bottup.com, 17 avril 2008
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Vaccinations contre l'intox

Il n’existe pas de logiciel d’aide au discernement. Tant mieux dans la mesure où cette lacune oblige le(s) cerveau(x) à élaborer une méthode susceptible de prémunir les journalistes contre la bêtise, l’irrationalisme, la fourberie mentale, la propagande, la manipulation.

Le Petit cours d’autodéfense intellectuelle, de Normand Baillargeon peut constituer l’un des piliers d’une méthode de discernement. D’abord, parce que ce livre tonique prône le recul réflexif, la pensée critique et l’autodéfense intellectuelle.

Ce devoir de vigilance pose un sérieux problème au journaliste de l’ère électronique, ère qui se caractérise par la profusion et l’instantanéité. Le journaliste doit prendre le temps de construire et d’étayer sa pensée critique et il doit, en outre, intégrer en permanence les éléments nécessaires à un vrai « recul réflexif » ; d’où l’idée d’un wiki ou/et d’une application d’aide au discernement journalistique.

Ensuite, parce que ce livre énumère les outils du scepticisme nécessaire au journalisme. Par exemple, le kit de détection des dérapages perceptifs et conceptuels mis au point par l’astronome Carl Sagan.

Enfin, parce que même s’il est idéologiquement orienté, le travail de Normand Baillargeon est intellectuellement honnête.

Ce travail commence par un inventaire des pièges du langage. Les plus redoutables pour les journalistes sont les moins évidents. Les euphémismes, par exemple, servent « à masquer ou à minorer des idées désagréables » en les affublant de mots aux connotations moins négatives.

Un tableau énumère,dans la colonne de gauche, les vocables les plus proches de la réalité d’un conflit armé et,dans la colonne de droite, leurs euphémismes les plus fréquemment utilisés pour induire les journalistes et leurs audiences en erreur. Sont disséqués de la même manière les « vertus » de l’imprécision, des généralisations hâtives et les fausses analogies, le jargon des pseudo-experts, les distorsions cachées dans les argumentations trop logiques.

Un autre chapitre, salutaire, est consacré au « terrorisme mathématique » qui utilise le prestige de la science et le fétichisme des chiffres—notamment en économie—pour embrouiller les journalistes et tromper l’opinion. Avant même les grossières erreurs d’interprétation facilitées par la méconnaissance des lois de la statistique, les exemples de falsifications pullulent dans les affirmations des entreprises et des politiciens. Cette intoxication permanente se répand grâce à la presse parce que les journalistes n’ont pas acquis le réflexe de se poser systématiquement quatre questions quand ils ont des données chiffrées à traiter : qui produit ces données ? dans quel but ? selon quelle méthode ? avec quelles définitions ?

Une blague résume ces manipulations banalisées : un comptable est embauché par une grande entreprise parce qu’à la question « Combien font deux et deux ? », il a su répondre : « Combien voulez-vous que ça fasse ? »

Il est devenu évident, par exemple, que les sondages fonctionnent comme des instruments de manipulation parce que les journalistes politiques, passablement paresseux, ne savent ni comment ils sont faits, ni comment les analyser. Ce qui permet aux sondeurs d’orienter l’attention des journalistes dans des directions précises et de téléguider assez facilement l’agenda médiatique. C’est à dire les informations que les audiences recevront.

La seconde partie englobe les croyances, la science et les médias. Là encore, le journalisme est directement concerné avec, notamment, l’altération des témoignages par la mésinformation. C’est d’abord « le caractère construit des souvenirs et l’influence que les attentes, désirs et croyances peuvent avoir sur eux ». C’est ensuite la possibilité de donner de l’information aux témoins sans qu’ils s’en aperçoivent. Les dissonances cognitives, les prophéties autoréalisatrices, les méfaits de la soumission à l’autorité et au conformisme sont autant de perversions qui menacent le métier d’informer. D’où le puissant remède proposé : la critique des médias formule trente recommandations pour renforcer et entretenir la vigilance citoyenne.

Les mots et leurs pièges cachés, les chiffres et leurs illusions, les croyances déguisées en raisonnements, le fonctionnement des médias : quatre angles possibles pour construire une méthode de discernement à l’usage des journalistes.

Alain Joannes
www.journalistiques.fr, 16 mars 2008
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La démocratie comme art martial

Attirer l’attention sur la parution d’ouvrages nouveaux et méritoires demeure la vocation première et l’une des meilleures habitudes de la revue Le libraire. Néanmoins, une fois n’étant pas coutume, la présente chronique traitera d’un essai publié il y a déjà plusieurs mois et qui connaît beaucoup de succès en librairie. C’est qu’il s’agit d’une contribution importante, un manuel qui devrait être offert gratuitement à tous les citoyens par les services de protection civile.

Ce livre s’adresse à toute personne qui aurait, ne serait-ce qu’une seule fois dans sa vie, voté lors d’une élection ou adopté une opinion ferme sur un sujet quelconque. Ainsi qu’à toute personne ayant déjà lu un journal, écouté les informations à la radio ou la télévision, participé à une discussion entre amis, porté attention à ce que proclamait un politicien, assisté à une conférence universitaire, discuté avec un vendeur d’assurances ou d’automobiles usagées. L’ouvrage est pédagogique : il souhaite nous enseigner comment se méfier des mots manipulés par les publicitaires en tout genre et comment reconnaître la vacuité des intellectuels qui redisent des sottises en les maquillant sous le jargon ou leur accent. Sans oublier pour autant l’art de débusquer la bêtise ordinaire, les outils pour détecter la fourberie mentale, les façons de reconnaître les faux dilemmes et les généralisations hâtives, les indices pour identifier les experts qui se prononcent tous les jours sur des sujets totalement étrangers à leur champ de compétence. Bref, ce livre est un véritable manuel de détection de la supercherie universitaire, politique ou commerciale. Et comme le suggère Noam Chomsky, un tel cours d’autodéfense intellectuelle devrait être inscrit au programme de tout système d’éducation qui se respecte.

Précisons avec insistance que cet essai n’a rien d’un larmoiement ou d’une dénonciation de l’état déplorable de la réflexion au sein des masses populaires mal informées. Au contraire, Baillargeon connaît bien le petit monde des intellectuels et il s’empresse, en introduction, de préciser que « certaines des choses qui se font et se disent dans certains secteurs de l’université actuelle, où fleurissent littéralement l’inculture et le charlatanisme, [le] sidèrent ».

Dénonciateur de l’homéopathie et de la numérologie, des chevaux savants et de la psychologie populaire, des miracles comme des sourciers, des sondages et des magiciens, des tableaux statistiques biaisés et des illustrations erronées, Normand Baillargeon semble particulièrement efficace dans son traitement des mathématiques. Il souhaite en effet se faire professeur de mathématiques citoyennes en nous rappelant, par exemple, que si l’on obtient pile cinq fois de suite, la probabilité d’obtenir face la prochaine fois demeure de 50 %. Il nous met en garde contre l’avalanche de chiffres triturés dont nous accablent quasiment tous les discours modernes, en particulier l’étonnante confusion quant au sens véritable des notions de pourcentage, moyenne et médiane. Les exemples abondent. Il ne semble pas nécessaire de les reprendre ici ; nous savons tous à quel point l’imposture peut être grossière : un pain riche en glucides présenté comme « la moitié moins riche » reste encore sucré. Pensez au cas d’une publicité qui affirme que 80 % des gens préfèrent All Bran, sans préciser qu’on a sollicité l’avis de cinq personnes dont quatre sont des employés de Kellogg’s ! Personnellement, j’aurais apprécié y voir une correction de l’erreur courante qui laisse entendre que l’espérance de vie étant autrefois bien inférieure, nos ancêtres mouraient vers l’âge de 30 ou 35 ans (quand la mortalité infantile élimine la moitié des nouveau-nés, il faut un nombre considérable de vieillards pour rétablir la moyenne !). À chacun de choisir ses applications préférées : l’essentiel est d’arriver à développer le sens critique qui nous rendra moins vulnérables à ces erreurs de logique qui ont, trop souvent, acquis le statut de véritables lieux communs.

L’auteur souhaite accroître la qualité de nos débats démocratiques en diminuant le nombre des victimes potentielles de manipulation intellectuelle. L’intention est noble et l’objectif, urgent. Si vous en doutez, considérez la citation suivante, résumant pourquoi il est si facile d’amener le peuple à penser comme ses dirigeants : « Il suffit de lui dire qu’il est attaqué, de dénoncer le manque de patriotisme des pacifistes et d’assurer qu’ils mettent le pays en danger. » La formule est encore d’usage courant dans nos capitales. La citation est de Hermann Goering, lors du procès de Nuremberg.

Cela dit, l’ouvrage est excellent, mais pas irréprochable. Si l’on cherchait à redire, on trouverait matière à le faire dans les deux derniers chapitres. L’un offre une brève introduction à l’épistémologie et à la science comme mode idéal de connaissance. La présentation est tout à fait adéquate et nous met en garde contre l’acceptation trop peu critique d’une science qui est parfois corrompue, mais l’argument crée une certaine diversion qui nous éloigne du propos central de l’ouvrage. Il aurait été préférable d’étoffer et de développer davantage la dénonciation des certitudes fondées sur l’expérience personnelle. Dans une société moderne où la conviction intime remplace trop souvent la démonstration scientifique, il faut apprendre à se méfier de soi.

Curieusement (parce que le thème constitue une véritable mine d’or), le dernier chapitre sur les médias paraît nettement plus faible. Baillargeon nous rappelle que les grands médias d’information ne disent jamais tout et que la télévision moderne cherche davantage à divertir qu’à informer. L’accusation n’est pas particulièrement originale et sa lecture critique demeure largement à ce niveau. On ne trouvera pas ici (ni en bibliographie) le recul nécessaire à la déconstruction systématique du discours médiatique, ni des références aux travaux de Derrida ou d’Eco, ni même de Baudrillard ou de Matelard. Pis encore, en laissant entendre que la propriété des médias aux mains de grandes entreprises commerciales permet de prévoir les orientations idéologiques de leur contenu, il s’autorise à violer l’une des règles fondamentales de l’analyse critique rigoureuse et honnête qu’il avait défendues avec conviction aux chapitres précédents.

Enfin, on doit encore ajouter que cet excellent cours d’autodéfense, dédié aux Sceptiques du Québec, ne fait jamais mention des convictions et croyances religieuses. On devine la manifestation d’une réserve prudente, peut-être même d’une certaine autocensure devant l’interdit.

Bernard Arcand
Le Libraire, novembre-décembre 2007
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Censure, Désinformation, Propagande... Tout un Programme

Il est devenu intéressant d’analyser combien les pays démocratiques sont de plus en plus en phase idéologiquement avec les dictatures qu’ils condamnent. Restriction des libertés civiles sous prétexte de lutte contre le terrorisme, accroissement des « bavures » policières et des plaintes contre les forces de l’ordre, augmentation inhérente de la pauvreté et les riches sont de plus en plus riches, médias soumis au pouvoir en place, journalistes véreux et incompétents, intellectuels couchés ou réactionnaires, partis d’extrême gauche pratiquement inexistants et systématiquement attaqués ou discrédités, conflits d’intérêts entre des responsables dans le service public travaillant avec le système privé ; évasion fiscale et corruption grandissant incroyablement, acharnement sur la culture et conditionnement des citoyens grâce à du vide intellectuel et culturel… Les mêmes symptômes un peu partout ! Suivent des ouvrages qui pouraient éclairer sur ce qui se passe depuis trop longtemps déjà.

[...]

Petit cours d’autodéfense

Passionnant ouvrage sur un sujet qui risque bien d’intéresser bon nombre de candidat. L’auteur est un habitué du genre et officie de façon régulière dans des médias alternatifs canadiens. Je suis assez étonnée par le sérieux des réflexions et la qualité d’analyse que recèle le livre. Cela en devient plutôt technique et même d’un niveau quelquefois élevé intellectuelement. J’ai adoré le passage sur le langage et ses subtilités. La partie des mathématiques avec ses probabilités, statistiques et autres m’ont laissé un peu de côté. Pareil pour le chapitre sur la science empirique et expérimentale. Par contre, la partie sur l’expérience personnelle (percevoir, se souvenir, juger) et celle sur les médias ont été un moment fort. C’est tellement important de consacrer une analyse approfondie des médias, ils jouent un rôle essentiel dans la communication et les conséquences dans les évolutions au sein d’une société s’en font ressentir assez concrètement. L’auteur va au travers des différentes arnaques qui se font et qui passent de temps en temps inaperçues, tellement c’est bien fait et surtout grâce à des complicités qu’elles soient intellectuelles ou médiatiques. Les fameux spécialistes qui naissent tous les jours et dont on ne sait pratiquement jamais d’où ils sortent et pourquoi eux plutôt que d’autres, nous laissent sceptiques quant à l’avenir de nos sociétés qui se disent modernes, encourageant la liberté d’expression et le développement intellectuel, et dont l’élite est supposée (théoriquement) représenter les valeurs fiables et positives de la société démocratique. La justification des croyances est une énorme partie dans le livre qui vaut le détour. OUVRAGE A LIRE ABSOLUMENT !

[...]

Ruby Bird
www.cmaq.net, 21 août 2007
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L'antipropagande de Normand Baillargeon

On pourrait croire que son esprit ne se repose jamais. Il veille, l’oeil ouvert, pour débusquer les incohérences et les arnaques dans les discours publicitaires, dans les promesses des charlatans, dans les démonstrations statistiques, dans l’appareil médiatique ou dans la rhétorique des politiciens. Le dernier opus de Normand Baillargeon, intitulé Petit cours d’autodéfense intellectuelle et publié aux Éditions Lux en 2005, fait un malheur en France (toutes proportions gardées, puisqu’il s’en est vendu environ 6 000 exemplaires), après s’être vendu à quelque 30 000 exemplaires au Québec. Il arrive à une époque où l’esprit critique, soumis de toutes parts à un flot d’informations propagandistes, a bien besoin d’un peu plus d’entraînement.

Ce que Normand Baillargeon propose, dans son Petit cours d’autodéfense intellectuelle, ce sont des exercices de remise en question des informations qui nous submergent. Le manuel, qui pourrait en effet faire l’objet d’un cours, s’adresse à tous. Il est d’ailleurs déjà utilisé dans certains cégeps, en philosophie, et pourrait l’être dans d’autres disciplines. En France, il reste bien placé dans les palmarès des ouvrages de sciences humaines des librairies, déclassant même, un moment, le dernier ouvrage de Benoît XVI, ou encore les oeuvres de Claude Allègre et de Comte-Sponville. Une grande victoire pour ce professeur de sciences de l’éducation de l’UQAM, qui se dit anarchiste, donc sans dieu ni maître…

C’est après que Radio France ait diffusé une série radiophonique sur le penseur Noam Chomsky, à laquelle Normand Baillargeon a beaucoup participé, que les ventes du Petit cours se sont subitement multipliées en mai dernier. « C’est aussi une question de courant, explique Sylvain Nault, directeur de la librairie du Québec à Paris, qui distribue l’ouvrage en France. Ce livre est paru dans un contexte de campagne électorale présidentielle, alors que toute la gauche était mobilisée ». Autre explication du succès du Petit cours en France: les illustrations, signées Charb, illustrateur français qui collabore régulièrement à Charlie Hebdo, Télérama, et L’Humanité.

Pour développer l’esprit critique individuel, Normand Baillargeon met certains outils à la disposition du lecteur. D’abord, il invite à se méfier du langage, qui charrie son lot de connotations, d’imprécisions, sans parler des mensonges et de la manipulation. L’art de la manipulation du langage et des arguments, qui a cours tous les jours dans notre système de justice, ne date pas d’hier. Le sophisme, ce « raisonnement invalide avancé avec l’intention de tromper son auditoire », a fait son apparition au Ve siècle avant Jésus-Christ, en Sicile. Et Baillargeon cite joliment Gorgias, ce sophiste qui écrivait dans Éloge d’Hélène : « [...] il y a des discours qui affligent, d’autres qui enhardissent leurs auditeurs, et d’autres qui, avec l’aide maligne de la persuasion, mettent l’âme dans la dépendance de leur drogue et de leur magie ». Les techniques utilisées pour manipuler la pensée par le discours sont diverses. La tentative de discréditer quelqu’un, à la manière des avocats, pour empêcher que passe son message, en est une. L’utilisation abusive du jargon, notamment chez les universitaires, en est une autre. Sur ce dernier point, il cite Noam Chomsky, dont il est très proche, et qui n’y va pas de main morte dans sa dénonciation des intellos.

« Il y a là un défi pour les intellectuels. Il s’agira de prendre ce qui est plutôt simple et de le faire passer pour très compliqué et très profond. Les groupes d’intellectuels interagissent comme cela. Ils se parlent entre eux, et le reste du monde est censé les admirer, les traiter avec respect, etc. Mais traduisez en langage simple ce qu’ils disent et vous trouverez bien souvent ou bien rien du tout, ou bien des truismes, ou bien des absurdités », écrit-il. Voilà de quoi décomplexer la majorité de la population qui ne fréquente pas les universités…

En deuxième lieu, Baillargeon propose à ses lecteurs un petit entraînement aux mathématiques, cette science rébarbative à plusieurs qui, à défaut de s’y frotter, s’exposent aux conclusions parfois douteuses de ceux qui pensent la maîtriser. Baillargeon mentionne que la plupart des esprits non exercés se prêtent mal à un calcul approximatif des probabilités. Vous viendrait-il à l’idée, par exemple, que vous courez deux fois plus de risques de mourir d’une piqûre d’abeille que de gagner à la 6/49 ? Autres chevaux de bataille : les moyennes arithmétiques, qui donnent souvent une vision des choses faussée par les extrêmes, ou encore les tableaux statistiques que l’on peut modifier à sa guise pour tromper l’oeil, etc. Baillargeon pose le problème ainsi : nous sommes victimes d’une « indigestion de nombres qui n’ont strictement aucun sens », et la solution est de « compter soigneusement avant de décider de les consommer ». Il prend l’exemple d’un universitaire qui disait devant un auditoire d’intellectuels, il y a quelques années, que 2 000 enfants irakiens mouraient chaque heure durant l’embargo américano-britannique sur l’Irak, qui a pris fin avec la chute de Saddam en 2003. « Si 2000 enfants meurent chaque heure, vous ferez facilement le calcul, cela fait 17 520 000 enfants par an, et ce, depuis dix ans ; et cela se passerait dans un pays qui compte 20 millions d’habitants », rétorque Baillargeon.

De gauche

Détrompez-vous cependant, l’homme est farouchement de gauche. Anarchiste, plus précisément, c’est-à-dire pour une société où le pouvoir n’aurait, en principe, pas sa place. « Les formes de pouvoir doivent se justifier, dit-il, sinon, il faut les combattre. » En ce sens, sa vision du monde est complètement opposée à celle d’Edward Bernays, cet Américain, neveu de Sigmund Freud, considéré comme le père des relations publiques et qui a été identifié comme l’un des personnages les plus influents du XXe siècle par le magazine Life.

Présentement, Normand Baillargeon termine la rédaction d’une préface de l’ouvrage Propaganda, écrit par Bernays et en voie d’être réédité aux Éditions La Découverte en France. Bernays a lancé l’idée que des forces occultes et opaques doivent mobiliser, contrôler, orienter l’opinion publique, explique Baillargeon. « Il croit que 20 % de la population sait et peut décider pour les autres; les autres 80 % étant des imbéciles et des moutons », dit-il. C’est exactement le contraire de son pari à lui, cet espoir d’une société plus juste, basée sur l’intelligence des gens. Son Petit cours d’autodéfense intellectuelle est donc une invitation à interroger l’ordre social jusqu’à ce que les réponses obtenues soient satisfaisantes pour l’esprit critique.

Mais il faut aussi se méfier de soi-même, et Baillargeon consacre un chapitre à la remise en question des perceptions individuelles, à travers la mémoire, par exemple. Enfin, s’il croit à la nécessité des médias, il propose, pour les lire, de tenir compte de leur taille et de leur appartenance, de leur dépendance à la publicité, de leur dépendance à certaines sources officielles, de leur anticommunisme de principe, et des critiques que les puissants ont à leur égard.

En fait, le travail de Normand Baillargeon se base d’abord sur une position philosophique. L’homme croit à une vérité extérieure qu’il faut tenter de cerner. « Je crois que le monde existe indépendamment des représentations que j’en ai. » Pour ce faire, la science est sa meilleure alliée. « Je suis un fervent amoureux de la science, dit-il. La science est le meilleur moyen que l’humanité ait trouvé pour connaître. On sait peu de choses, notre savoir est limité, et la science est un moyen limité de connaître, mais c’est le seul dont on dispose. » La science et un petit guide d’autodéfense intellectuelle, pour affronter la vie.

Caroline Montpetit
Le Devoir, 30 juin et 1er juillet 2007
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle

Quand l’auteur de ce livre, Normand Baillargeon, philosophe et anarchiste à l’UQAM, faisait la promotion de ce livre dans les médias lors de sa parution, il ne se gênait pas pour s’exclamer sur les mérites d’une bonne et « solide » éducation en mathématiques. Ce discours rafraîchissant rejoint beaucoup celui que j’entretiens avec mes étudiants, d’autant plus que les mathématiques font partie ici des instruments de critique et d’autodéfense face aux messages, envahissants et souvent manipulés, du monde moderne.

Le livre n’apporte pas de nouvelles réflexions sur la statistique et ses abus que l’on peut trouver dans les discours politiques, les médias et les publicités, pour ne nommer que ces milieux fertiles aux manipulations. Par
contre, peu de livres en français ont reçu la mission que ce livre a, soit d’émanciper le lecteur du joug des abus. En effet, la bibliographie de ce livre contient nombre d’oeuvres anglophones comme 200 % of nothing, innumeracy,... ce qui illustre d’ailleurs « l’utilité » de ce livre (2 références mathématiques sur 23 sont en français).

Ainsi, d’après les dires mêmes de l’auteur, il essaie de remplir un vide dans le monde intellectuel francophone. Mais, compte tenu que les mathématiques n’occupent qu’un chapitre sur cinq, on comprend que le livre est plus dans la filiation de contestataires comme Chomsky (qui est d’ailleurs beaucoup mentionné) que de ces vulgarisateurs mathématiques.

En ayant beaucoup parlé récemment avec des professeurs de philosophie, je me rends compte que le premier chapitre, portant sur la philosophie et les abus du langage et de logique que l’on peut contrer, traite de contenus abordés dans des cours d’introduction à la philosophie au cégep. Peut-être, ce qui le distingue ici, c’est son application exclusive à la démystification des déformations manipulatrices des faux raisonnements. À mon sens, il en va de même pour le second chapitre sur les statistiques et les mathématiques. À la place de voir la bonne manière de faire un graphique, on démasque les erreurs de présentation dans divers graphiques publiés dans des ouvrages militants qui faussent nos impressions et qui constituent des manipulations.

Il reste 3 autres chapitres qui traitent respectivement de « l’expérience personnelle », de « la science empirique et expérimentale » et de « les médias ». On devine que le chapitre 4 contient aussi un contenu statistique important, celui-ci portant sur la collecte de données et l’évitement de biais, qu’ils soient d’échantillonnage ou d’analyse.

En somme, j’espère que la visibilité que ce livre a eu dans les médias et la place importante que les mathématiques et les statistiques ont dans ce livre porteront fruit et qu’il nous permette, un jour, en tant que société d’avancer dans le bon sens à la place de nous faire mener par des discours vides de sens. Mais pour qu’il puisse avoir ce rôle, il faudrait que nous l’aidions en faisant prendre conscience aux étudiants (de ceux d’entre nous qui sommes professeurs) de l’importance d’une solide fondation mathématique dans l’analyse, l’interprétation et la critique de l’actualité.

Bonne lecture !

Robert Bilinski
Bulletin de l’Association Mathématique du Québec, octobre 2006
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Détecteur de poutine

Voici ma prescription pour survivre à la campagne électorale : le Petit cours d’autodéfense intellectuelle de Normand Baillargeon. Et le détecteur de poutine qui vient avec.

Dans ce livre, Normand Baillargeon, professeur de philosophie à l’UQÀM et grand adepte de la pensée critique, traduit par détecteur de poutine le baloney detection kit de l’astronome américain Carl Sagan.

Vous l’aurez deviné : il est question ici d’un détecteur de déjections bovines. Et depuis le début de ma lecture, je m’amuse ! Mais je m’amuse ! À soumettre au détecteur de poutine les déclarations, réactions et autres dérapages électoraux.

Par exemple le syllogisme d’Aristote, disparu de mon radar depuis Philosophie 101. Vous savez, cette méthode de raisonnement avec les deux prémisses, si et seulement si…

Tous les hommes sont mortels.
Socrate est un homme
Donc Socrate est mortel.

Le professeur nous avait-il montré comment appliquer cette méthode au quotidien ? Peut-être que je m’en foutais à l’époque. Dommage. Je me suis privé d’un grand plaisir : répliquer aux poutineurs non pas en répondant à leurs arguments, mais en déglinguant leur raisonnement comme un meuble IKEA.

Par exemple, cet incident de la semaine dernière.

Le chef du Parti québécois est gai.
Le candidat péquiste dans Jonquière est gai.
Donc, le Parti québécois est un club de gais.

Ce raisonnement bancal, l’animateur de radio Louis Champagne l’a pourtant prêté aux électeurs de Jonquière. Autrement dit, à Jonquière, un plus un, ça peut donner mille. Cela heurte non seulement la logique, mais aussi les mathématiques… en plus de l’intelligence des électeurs.

Voilà pour l’analyse complexe, mais Baillargeon suggère une voie plus simple: Louis Champagne a commis un des paralogismes (faux raisonnement) les plus fréquents, la généralisation hâtive. À ce sujet, il cite l’auteure française Christiane Collange: « Le sexisme, comme le racisme, commence par la généralisation, c’est-à-dire la bêtise. »

La tentation était forte, dans l’affaire Champagne, de répliquer en attaquant la personne au lieu du raisonnement. Ça soulage, mais l’argumentum ad hominem, rappelle Baillargeon, est aussi un paralogisme, parce qu’en disqualifiant l’auteur, on ne réfute pas l’argumentaire.

La beauté du détecteur de poutine, c’est qu’il est garanti à vie. Il peut même résister à un débat des chefs…

Steve Bergeron,
La Tribune, 7 mars 2007
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle

Conçu comme un véritable guide pratique d’autodéfense intellectuelle, ce petit livre du professeur à l’Université du Québec à Montréal Normand Baillargeon, intitulé avec justesse Petit cours d’autodéfense intellectuelle, nous convie à un survol de la pensée critique, passée et présente, en insistant sur les divers mécanismes utilisés par les médias, entre autres, pour nous confondre, nous manipuler, voire nous tromper.

Normand Baillargeon, essayiste et pédagogue hors pair (L’Ordre moins le pouvoir, Lux, 2004 ; Les Chiens ont soif, Comeau & Nadeau, 2001), est un fin connaisseur de Noam Chomsky avec qui il partage le désir de dénoncer la pensée unique, les monopoles médiatiques, l’incurie des politiques, les manipulations de la réalité et autres fraudes intellectuelles et factuelles. Pour ce faire, l’auteur fait appel, à l’instar de Chomsky (lisez La Fabrique de l’opinion publique, Le Serpent à plumes, 2003, par exemple), à plusieurs sources, concepts et références. C’est ce qui, hélas, malgré les amusantes illustrations de Charb, rend le texte exigeant, pédagogique. Cela dit, ne s’agit-il pas d’un petit cours ? Au fond, Baillargeon fait face à un triple défi : primo, nous faire admettre l’existence d’une agression tout en stimulant un réflexe de défense ; secundo, établir la confiance et nous faire accepter l’aide qu’il nous offre ; tertio, réunir le tout (paralogismes, mathématiques, probabilités et statistiques, etc.) dans un joli petit bouquin, abordable et agréable à lire…

En somme, dans la société québécoise littéralement inondée d’humoristes, dans laquelle il faut absolument rire aux dix secondes, est-il possible que, malgré les efforts déployés et les dessins de Charb, l’esprit paresseux du lecteur s’endorme en attendant le prochain gag ?

Sylvain Marois
Nuit blanche, octobre 2005
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Petit cours d’autodéfense intellectuelle

« Il n’est pas nécessaire d’avoir un diplôme universitaire pour être un sceptique, comme le montre bien le fait que tant de personnes peuvent acheter une voiture usagée sans se faire rouler. L’idéal que vise la démocratisation du scepticisme est au fond celui-ci: chacun devrait posséder des outils de base qui permettent d’évaluer rigoureusement des propositions qui se donnent comme vraies. Tout ce que la science demande, à ce niveau, est que l’on emploie partout le même degré de scepticisme que nous mettons en œuvre lorsque nous achetons une voiture usagée ou lorsque nous jugeons de la qualité d’analgésiques ou de bières en regardant des publicités.»

—Carl Sagan

Ce sont les outils de base du scepticisme que propose Normand Baillargeon dans son cours d’autodéfense intellectuelle. Des sophismes les plus courants aux effets paranormaux en passant par les statistiques et les superstitions, le livre passe en revue les différentes manières de se faire passer un sapin. Écorchant au passage les diseuses de bonne aventure, publicitaires, sondeurs, sourciers, politiciens et autres parasites de la naïveté populaire, Baillargeon dissipe l’écran de fumée que ces charlatans de la pensée déploient entre leur discours et la pensée critique.

Paru cet été, le livre en est déjà à sa deuxième édition, ce qui peut paraître surprenant pour un livre traitant de philosophie, d’épistémologie et de mathématiques. Toutefois, le ton moqueur et les nombreux exemples d’arnaques intellectuelles en rendent la lecture fluide et entraînante. Le succès du livre est peut être aussi dû au fait que les médias prennent le public pour des cruches (vous savez les armes de destruction massive, le bug de l’an 2000, les dommages collatéraux, la démocratie en Afghanistan, Star Académie…) Bref, un livre pertinent, même pour vous les universitaires !

David Huard
Al-Terre Eg-Eau, Automne 2005
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Le coin des libraires, Bric à brac culturel
Essayiste et professeur d’éducation à l’université du Québec à Montréal, Normand, Baillargeon est un militant anarchiste qui a de la suite dans les idées. Son souhait est d’initier tout un(e) chacun(e) à la pensée critique et au scepticisme. Comment, en effet, dans ce monde surinformé, sélectionner et reconnaître dans cette avalanche, l’information fiable si ce n’est en utilisant quelques indispensables outils intellectuels. Les thèmes abordés vont du langage aux mathématiques en passant par les médias. Sur ce dernier point, l’auteur se réfère aux travaux d’Edward Herman et Noam Chomsky. Il décrit le modèle propagandiste de la sphère médiatique qui favorise les intérêts particuliers de l’État et du secteur privé. Propagande et divertissement qui occultent le réel avec toutes les conséquences que cela implique. Un petit manuel délicieusement illustré par Charb pour pouvoir survivre dans ce monde cruel.
Le Bouffon, février 2006
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle

Il y a des leçons à côté desquelles on ne peut pas se permettre de passer. Celles de Normand Baillargeon, « petit » prof (il enseigne les fondements de l’éducation à l’université du Québec à Montréal) et grande gueule notoire, collaborateur régulier des revues indépendantes Le Couac et À Bâbord !, tombent dans cette catégorie. Né de la consternation de l’auteur face à « l’état déplorable de la réflexion, du savoir et de la rationalité », ce Petit cours est un peu, pardonnez l’oxymoron, la Bible des sceptiques. En ce sens que qu’il permet de mieux révérer le Père cartésien, le Fils logique et le saint-Esprit critique.

Parce que « le sommeil de la raison engendre des monstres » (citation extirpée des Caprices de Goya), Baillargeon incite à se méfier des opinions déguisées en arguments. En pédagogue consciencieux, l’auteur commence par quelques notions de logique aristotélicienne et de rhétorique. Il procède en donnant—par étapes à peine plus longues que des psaumes, donc très faciles à lire—l’essentiel des outils nécessaires au décodage et au travail d’analyse rationnelle.

Et qu’y a-t-il lieu de décortiquer ? En premier lieu la « poutine » intellectuelle, ces pseudos discours, souvent faits de bruit et d’idéologie plus que de factuel. L’auteur cible plus particulièrement les messages de ce qu’il appelle les artistes « de la fourberie mentale et de la manipulation », à savoir les politiciens, économistes, scientifiques, en situation d’intérêts et/ou en position d’autorité. Face à leur influence sur l’espace public, il invite tout le monde à poser un acte citoyen en fronçant les sourcils. Son livre enseigne à flairer les sophismes, paralogismes, « écrans de fumée », « hommes de paille », glissement de pensée et autres généralisations abusives.

Après avoir armé ses lecteurs contre les dérives du langage, son Petit cours d’autodéfense intellectuelle s’attaque aux nombres, dénonce le « terrorisme » mathématique, ou statistique, et montre comment lire entre les méthodes comptables. L’auteur termine par un chapitre sur les médias d’information où il offre quelques pistes stratégiques pour éviter d’être victime de leurs
simplifications.

Rédigé dans une langue soutenue mais accessible, ce sympathique guide s’efforce d’aiguiser le sens critique sans assommer son lecteur. Il fourmille d’illustrations (signée Charb, de la revue Charlie Hebdo), de citations et d’exemples qui cherchent à faire sourire en même temps que réfléchir. Et finit par convaincre que si les pièges tendus sont nombreux, ils demeurent souvent assez grossiers une fois qu’on a appris à les repérer.

Yves Bergeras,
Le Droit, 12 août 2006
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Guide pratique pour esprits critiques

Depuis 1950, le nombre de personnes tuées ou blessées par une arme à feu double chaque année aux États-Unis. Cette affirmation vous semble plausible, n’est-ce pas ? Pourtant, Normand Baillargeon est de ceux qui refont le calcul. Avec sagesse. Il ne s’agit pas de douter de la dangerosité des revolvers, mais du « terrorisme mathématique » – une surdose d’informations chiffrées – dont nous souffrons chroniquement. Selon la phrase avancée ci-dessus, si, en 1950, il n’y a qu’un seul individu américain décédé d’une balle, il y en aurait 2 en 1951, puis 4 en 1952, puis 8… Le problème est qu’en 1967, le nombre de victimes atteint déjà 32 768, et en 1980 un bon milliard, soit plus de quatre fois la population du pays. Surprenant, mais surtout impossible.

C’est par cet exemple « d’imbécillités dont on nous inonde », comme les qualifie M. Baillargeon, que débute le second chapitre – consacré aux mathématiques – du Petit cours d’autodéfense intellectuelle. Trois cent trente-huit pages d’exercices et recommandations afin de lire les journaux, écouter les discours politiques ou décrypter les publicités avec le recul indispensable à la bonne application de notre esprit critique.

Normand Baillargeon est essayiste (L’Ordre moins le pouvoir, Les Chiens ont soifs, Éducation et liberté). Il collabore aux revues Le Couac et À Bâbord, publications satirique pour la première et d’opinion pour la seconde, et ne cache pas ses convictions libertaires. Mais l’auteur est également professeur à l’UQÀM, où il y enseigne les fondements de l’éducation. Peu étonnant, donc, que son livre ait une connotation pédagogique affichée. Scandalisé par la prolifération des croyances paranormales de tout poil – de l’astrologie aux pouvoir des cristaux -, et outré par le fait que le système d’éducation d’aujourd’hui abandonne la formation d’un esprit critique au profit de l’adaptation au marché du travail, Normand Baillargeon lutte pour nous octroyer à tous un pouvoir de réflexion – indispensable à toute démocratie. Autant dire qu’il chemine sur les empreintes de Noam Chomsky. Lequel disait : « La première chose qu’il faut faire, c’est prendre soin de votre cerveau, la deuxième est de vous extraire de tout ce système [d’endoctrinement]. »

Avec le Petit cours d’autodéfense intellectuelle, nous apprenons à douter de tout. Il faut, par exemple, se méfier des graphiques, dans lesquels l’axe des Y est régulièrement trafiqué afin de faire valoir des progressions prodigieuses. Se faire l’avocat du diable, même face aux thèses qui confirment nos idées. Apprendre à repérer les outils de la rhétorique : les mots à connotation – positive ou négative -, les raisonnements vides, les comparaisons hors contexte. Normand Baillargeon arme ses lecteurs et élèves pour répliquer à des arguments d’apparence sournoise, mais devant lesquels on demeure muets. Un interlocuteur avance que l’avortement est un crime, que le foetus est un être humain parce qu’il donne des coups de pieds très tôt dans le ventre de sa mère? Répondez que la vache donne aussi beaucoup de coup de pieds, mais qu’elle n’en est pas plus
un être humain.

En librairie, le guide pratique de Normand Baillargeon a connu suffisamment de succès pour qu’on le réimprime. Selon l’auteur, cette réussite est avant tout due au style clair et amusant de l’ouvrage, truffé d’encadrés et d’exemples visuels. La cerise sur le bouquin, ce sont 12 illustrations de Charb, journaliste et caricaturiste de Charlie Hebdo : « Engage-toi ! Les rebelles irakiens tuent moins que les routes françaises. » Ce à quoi un petit gars à casquette répond : « Faut bombarder les routes françaises alors, qu’est ce qu’on fout en Irak ?! » Le cours d’autodéfense de M. Baillargeon est un guide précieux grâce auquel mêmes les esprits les plus éclairés trouveront de quoi apprendre. À glisser dans son sac, pour le lire doucement, petit bout par petit bout…

Julie Delporte
Quartier libre, 24 mai 2006
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Paroles de citoyens -- Pédagogie

C’est un fait indéniable : l’école prépare l’élève à être le travailleur de demain. Toutefois, il ne faudrait pas nier que l’école forme également le citoyen pour qu’il développe un esprit critique et adopte des comportements éthiques. La maîtrise de l’outil de communication et de pensée qu’est la langue devient pour l’étudiant ou l’étudiante une habileté fondamentale pour exercer sa pleine capacité à être un citoyen. Dès lors qu’il possède cette habileté, il peut, en situation d’affrontement idéologique, expérimenter, et ce, proverbialement, qu’un coup de langue peut être pire qu’un coup de lance !

Ce trimestre-ci, les élèves du cours « Communication orale et écrite » ont expérimenté la bataille d’idées par le débat contradictoire. Il est vrai, ce type de discours impose des limites : la position nuancée est plutôt rejetée. C’est d’emblée que les participants opposent nécessairement leurs idées. Pensons seulement à notre Assemblée nationale lors de la période de questions ! Dans cette assemblée contradictoire s’opposent, des deux côtés de la chambre, des députés qui adhèrent à l’un ou l’autre des partis politiques. Ainsi, ce spectacle de « mon argument est plus fort que le tien » exige du citoyen « éclairé » qu’il soit capable d’analyser les stratégies utilisées par le politicien qui veut le séduire et le convaincre. Devant la joute oratoire, le débat télévisé, la tribune téléphonique ou simplement le débat d’idées, le citoyen doit adopter un comportement semblable, c’est-à-dire qu’il se doit d’identifer la valeur et la teneur des arguments qui sont défendus par l’un ou l’autre des panélistes, pour rejeter ou partager en partie ou en totalité la position défendue.

C’est dans cet esprit de vouloir mieux comprendre les stratégies de la communication que la classe de français s’est transformée pour quelque temps en tribune pour produire et entendre des débats contradictoires. Armés, entre autres, de l’essai écrit par Normand Baillargeon, Petit cours d’autodéfense intellectuelle, les élèves ont choisi un sujet qui pouvait être lié à leur champ d’études et sur lequel ils devaient discourir. À titre d exemples, des élèves en sciences ont choisi d’être « pour » ou « contre » les campagnes de vaccination ou, d’être « pour » ou « contre » l’installation de compteurs d’eau dans les résidences (taxe d’eau), alors que des élèves en soins infirmiers ont choisi d’être « pour » ou « contre » la privatisation des soins de santé ou la loi 112 (qui sommera l’interdiction de fumer dans les lieux publics à partir du 31 mai 2006). Puis, les étudiants et étudiantes ont effectué des recherches, développé un argumentaire et présenté leur position devant l’assemblée des étudiants, en classe. Le but de la présentation orale était essentiellement de convaincre l’assemblée que la position défendue était la meilleure, et ce, par l’humour, la peur, le mensonge, la vérité, la désinformation, l’incitation… Toutes les stratégies étaient possibles. C’était à nous, citoyennes et citoyens, de décoder les messages, d’être curieux et d’analyser les stratégies déployées pour nous séduire et nous convaincre ! Mis à part les décrochages (les rires et la nervosité), les précautions oratoires du type « mais là, c’est vrai, c’est plus une “joke” , ce que je vais vous dire, vous raconter, c’est vraiment vrai… » et un manque de justesse quant à la valeur accordée à des arguments, l’exercice a démontré, dans l’ensemble, que les élèves, bien préparés, ont réussi à développer des arguments fort solides et convaincants sur une position qu’ils avaient à défendre. Informés, cultivés, délurés, curieux, fouineurs et aussi farceurs, les étudiants et étudiantes ont fait l’expérience du pouvoir évocateur des mots en situation de confrontation. C’est également dans ce contexte qu’ils ont saisi, du moins c’est ce qu’humblement la professeure espère, que l’exercice de la citoyenneté en vaut réellement la peine quand l’esprit s’adonne avec vigilance à la critique !

Petit cours d’autodéfense intellectuelle

Présenté en cinq chapitres (le langage, les mathématiques, l’expérience personnelle, la science empirique et expérimentale, les médias), cet essai est un véritable coffre à outils pour le développement de l’esprit critique. Plus que rafraîchissant, ce petit cours contre la grande ignorance décape de vieilles couches de peinture de notre esprit de citoyen au fini parfois craquelé. Est-ce que les élèves apprécient, me demanderez-vous, la lecture obligée de cet essai ? Majoritairement oui, quoique pour certains la lecture de ce livre semble ardue : le vocabulaire serait trop spécialisé, la recherche au dictionnaire trop fréquente, la compréhension demanderait de l’effort… parfois l’intérêt pour le livre ne serait pas du tout au rendez-vous. Voici d’autres commentaires d’élèves au sujet de cet ouvrage :

« Ce livre est très utile pour un étudiant en sciences. Il permet de prendre conscience qu’il faut toujours faire nos propres recherches et ne pas croire automatiquement tout ce que les pseudoscientifiques nous disent. »

« On veut une suite pour satisfaire notre culture personnelle ! »

« Il n’est pas imprimé sur du papier recyclé. »

« Un livre qui aide à la compréhension des enjeux présentés dans les médias. »

Lorraine Dumont
Factuel, avril 2006
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Petit cours d’autodéfense intellectuelle

Ce livre sera tout particulièrement utile aux sceptiques d’entre nous qui n’ont aucune formation scientifique. L’auteur, qui enseigne les fondements de l’éducation à l’UQAM, veut fournir à ses lecteurs quelques outils indispensables de pensée critique. L’ouvrage, écrit avec humour et de façon très accessible, pourra certainement intéresser un large public.

Dans le premier chapitre, Normand Baillargeon nous amène à nous méfier de certains pièges du langage, ceux que nous tendent délibérément les politiciens, groupes de pression et agences gouvernementales entre autres. Pourquoi les militants anti- [et pro] avortement se désignent-ils comme pro-vie ou pro-choix ? Parce que personne, bien sûr, se positionnerait comme anti-vie ou anti-choix! Et que penser du qualificatif « associés » donné aux employés de Wal-Mart ? Autre exemple de détournement du langage : l’emploi constant d’euphémismes par les militaires, euphémismes que l’auteur traduit en termes clairs dans un amusant petit tableau. Des pertes collatérales ? La mort de civils. Un centre de pacification ? Un camp de concentration. Opération Tempête du désert ? La guerre contre l’Irak.

L’auteur poursuit son exposé en précisant de nombreux autres pièges langagiers : les imprécisions volontaires des astrologues et autres charlatans, les messages d’exclusion ou de discrimination souvent distillés dans la langue politiquement correcte. L’art de l’ambiguïté, le jargon corporatiste qui complexifie artificiellement les choses pour masquer l’indigence de la pensée, les écrans de fumée que sont les pseudo expertises, l’art de la fourberie mentale par le recours aux paralogismes, à la fausse analogie, à la suppression de sonnées pertinentes dans un message, etc.

On s’intéressera tout particulièrement à ce que Normand Baillargeon appelle joliment le « hareng fumé », une difficile technique qui consiste à nous amener à traiter d’un autre sujet que celui qui était discuté en nous lançant sur une fausse piste, comme le faisaient jadis les prisonniers américains qui laissaient derrière eux des harengs pour distraire les chiens à leur poursuite. Cette technique, très efficace dans les débats auxquels n’est consacré qu’un temps limité, n’est pas facile à reconnaître nous avertit l’auteur, si le praticien a le talent de choisir un hareng qui a suffisamment d’intérêt en lui-même, tout en donnant l’impression d’entretenir un lien réel avec le sujet traité, dont il veut divertir. Exerçons-nous à reconnaître les harengs qu’on nous sert.

Apprendre à compter

Dans le chapitre 2, l’auteur nous invite à « compter pour ne pas s’en laisser conter ». À vérifier ces nombres frappants qu’on nous lance constamment, souvent pour la bonne cause : 2000 enfants sont morts à chaque heure pendant 10 ans à cause de l’embargo américano-britannique, déclare un jour un universitaire devant l’auteur. À l’aide d’un simple calcul, on en arrive à 17 520 000 enfants, dans un pays qui compte 20 millions d’habitants. Il y a quelque chose qui cloche !

Faisons preuve de vigilance devant les données chiffrées, nous invite Normand Baillargeon, qui donne ensuite un cours accéléré de probabilités et de statistiques à l’intention du profane. Il nous aide à mieux comprendre les données des sondages, nous rappelle que corrélation n’est pas synonyme de causalité et, dans une section particulièrement intéressante, nous amène à nous méfier des illustrations, graphiques et schémas falsifiés.

À la fin du chapitre, un encadré succinct résume les règles d’or à suivre pour vérifier notamment les sources d’information, le contexte et les aspects qualitatifs et quantitatifs des données chiffrées.

D’autres outils d’autodéfense

Dans les chapitres suivants, l’auteur traite de l’expérience personnelle, de la science empirique et expérimentale et des médias. Des chapitres tout aussi riches et intéressants qui écrivent entre autres les limites de l’expérience personnelle (caractère constructif de la perception et de la mémoire, effets du stress, difficulté à évaluer les probabilités, etc.), les fondements de la science expérimentale et les caractéristiques des pseudosciences.

L’ouvrage se termine par une énumération très pertinente des règles d’or à suivre concernant les médias et d’une liste de médias indépendants à consulter pour éviter la propagande. Le Petit cours d’autodéfense intellectuelle est un livre que tout bon sceptique devrait lire, relire et faire lire.

André Payette
Québec Sceptique, Automne 2005
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Normand c. les margoulins
Petit cours d’autodéfense intellectuelle constitue un best-seller très inusité dans les librairies et les bibliothèques québécoises : un guide de logique, lisible et souvent drôle, qui parle des détournements de la langue et de la pensée en passant par la politique, les mathématiques, l’ésotérisme et les dérapages calculés que nous imposent les médias.

L’auteur, Normand Baillargeon, utilise un style imagé, des citations de Carl Sagan et de Chomsky, et une foule d’exemples et de graphiques. Il désamorce quelques-uns des trucs utilisés pour nous convaincre d’acheter un produit ou d’être fidèles à une idéologie, bref, d’abdiquer la pensée critique pour telle ou telle théorie bidon ou thérapie miracle.

Une boîte à outils
Alors que la philosophie est habituellement associée à un moralisme ronflant, ce livre peut servir de boîte à outils à celles et ceux qui misent sur le scepticisme pour résister aux assauts de la publicité et ne pas désespérer de la communication et de la pensée.

En même temps, on peut se demander si l’auteur, anarchiste, ne valide pas une lecture un peu idéaliste des échanges, un espoir peut-être naïf -- ou même machiste -- en des communications purement rationnelles.

Est-ce que les gens ne trouvent pas, au contraire, dans une subjectivité réappropriée, dans une conscience collective et dans leur colère, de meilleures armes que la pensée classique, dont le professeur Baillargeon vante la froide logique dans un vocabulaire et un style un peu snobs? (Qui sait, par exemple, que les « margoulins » dont il dénonce les « paralogismes » sont des individus incompétents et peu scrupuleux en affaires?)

Rectitude philosophique?
Le scepticisme est rarement une valeur progressiste en soi. Quand médias et pouvoirs utilisent systématiquement les arguments d’autorité, peut-on encore poser la Raison en valeur de référence absolue? Ne risque-t-on pas de conforter l’individu dans un splendide isolement, celui de l’être qui « n’est pas dupe » parce que lui « pense juste »? J’ai été surpris de voir une phrase de l’ultra-individualiste Ayn Rand citée comme exemple de raisonnement correct.


Ailleurs, l’auteur déplore la « rectitude politique ». Il le fait sur la base d’une ou deux anecdotes invérifiables, au lieu de démanteler cette notion réactionnaire, créée par une think tank de droite américaine pour discréditer d’avance toute lutte de groupe minoritaire contre la discrimination systémique.

Pas cher à 17,95 $, le livre est illustré de dessins très drôles de CHARB et, en fait, on se prend à imaginer le Petit cours d’autodéfense intellectuelle en version bande dessinée. Pourquoi pas une illustration-décodage des sophismes politiciens utilisés jour après jour pour enfirouâper les mauvais journalistes et le bon peuple?
M.D.
L'Info Bourg, Vol. 18 no 1
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L'autodéfense commence par la mathophobie
Pour Normand Baillargeon, la démocratie c’est bien plus qu’un régime politique et la règle de la majorité, car c’est aussi une manière de comprendre le monde et de s’informer sur celui-ci par l’exercice de la « pensée critique et sceptique ». L’ouvrage qu’il a récemment fait paraître, Petit cours d’autodéfense intellectuelle (Montréal, Lux Éditeur, 2005), est en ce sens un véritable petit manuel d’éducation à la citoyenneté, comme un manifeste pour une saine démocratie participative.

À l’ère de l’information, soit du bombardement constant d’« informations et de discours », faire usage d’une pensée critique, c’est d’abord et avant tout résister, se défendre, c’est se prémunir contre la manipulation, la pensée « prédigérée », les lieux communs et les faux arguments. De même, dans le présent contexte de concentration de la presse, de la « numérisation » de l’information et de l’information « jetable », ce petit manuel apparaît éminemment salvateur.

Cet ouvrage, qui plaira à tous, qu’on soit citoyen autodidacte, universitaire, travailleur ou étudiant, se veut un survol des « indispensables outils de la pensée critique ». Dans la première partie, on y aborde les principaux faux arguments de la rhétorique (les paralogismes et les sophismes), soit ces raisonnements qui apparaissent comme rigoureux et logique, alors qu’ils sont en réalité faux. On passe alors en revue les jeux du langage, tels ceux de l’imprécision, la question de la langue de la rectitude politique, de l’équivoque et de l’amphibologie (énoncés à interprétations multiples) ou du jargon pseudo scientifique.

Son exposition repose sur de nombreux exemples contemporains tirés de la vie courante ou des médias québécois. Parmi ces exemples, on trouve cette pièce d’anthologie de l’imprécision : à la question d’un journaliste qui demandait à un ministre ce qu’il comptait faire pour désengorger les urgences à Montréal, celui-ci répondit : « Je vais mettre en oeuvre un plan qui va utiliser au mieux l’ensemble des ressources disponibles pour faire face de la manière la plus efficace possible à ce grave problème. » Par ce travail sur le langage, Baillargeon contribue à pourfendre vigoureusement la « langue de bois » politicienne, cette « novlangue » -- l’auteur fait ici parler Orwell -- qui, derrière ses « euphémismes, ses pseudobanalités et ses vaporeuses ambiguïtés » n’est trop souvent rien de moins qu’un effort en vue de « défendre l’indéfendable ».

On y aborde ensuite les mathématiques, plus particulièrement les probabilités et statistiques. Toujours présenté d’une manière simple et stimulante, l’exposé de Baillargeon saura plaire même aux plus « mathophobes » des lecteurs. L’exercice est d’autant nécessaire que « nous ne pouvons pas nous permettre d’ignorer complètement les mathématiques, ne serait-ce que parce que nous sommes constamment bombardés de données chiffrées qu’il nous faut comprendre et évaluer ». Par de nombreux exemples bien choisis, on montre alors le mauvais usage et l’emploi frauduleux qui est trop souvent fait des statistiques, par exemple dans les stratégies de vente, les sondages d’opinion et les nombreux médias.

Après avoir passé en revue ces quelques outils conceptuels critiques, la seconde partie de l’ouvrage vise à explorer, dans une visée d’ordre méthodologique, l’emploi de ces outils dans trois domaines précis, soit ceux « de l’expérience personnelle, de la science et des médias ». La préoccupation générale qui guide alors cette partie est celle de savoir distinguer entre une croyance -- ce qu’on admet comme vrai sans pour autant que cela puisse être justifié -- et un véritable savoir -- soit « l’opinion vraie justifiée » -- dans ces trois domaines précis. On apprend alors facilement à déceler ce qui tient des « miracles », ce dont on ne peut pas fournir de preuve, de ce qui relève de véritables savoirs, ce dont il est possible d’apporter une preuve.

Compte tenu de l’objectif d’éducation à la citoyenneté critique poursuivi par ce petit manuel, la partie sur les médias constitue peut-être la partie la plus importante, du moins apparaît-elle comme la plus stimulante. On analyse alors le mode de fonctionnement des médias -- notamment dans un contexte québécois -- et des procédés de désinformation qu’ils déploient. L’ouvrage débouche enfin sur « 31 stratégies pour entretenir une attitude critique par rapport aux médias », ce qui constitue un condensé des principes à respecter pour résister à la désinformation médiatique.

Ce petit manuel apparaît incontournable ; tant est si bien qu’il faut se demander comment se fait-il qu’un tel ouvrage, dans ce format, n’ait pas été publié avant aujourd’hui. Or, en dépit des mérites incontestables de cet ouvrage, on ne saurait non plus oublier qu’au-delà des outils « formels » sur lesquels doit reposer toute pensée critique, l’éducation à la pensée critique passe aussi par l’enseignement de « contenus » qui développent la pensée critique, soit des connaissances contre lesquelles on puisse confronter le réel et le comprendre par delà ce qui est dit sur celui-ci dans les médias d’information. Cela passe par ce dont malheureusement les citoyens sont de plus en plus privés, en raison des « dérives clientélistes et le réductionnisme économique » de nos systèmes d’éducation, soit une bonne « formation libérale ».

Mais cette forme d’éducation désintéressée a depuis longtemps cédé le pas à la formation conditionnée par les seuls objectifs de la rentabilité économique et de la rationalité instrumentale : voyez les dernières réformes au secondaire et au collégial au Québec. Assurément qu’il s’agit là d’un combat qui dépasse le présent ouvrage, mais qui n’en préoccupe pas moins le professeur Baillargeon.
Danic Parenteau
L'aut'journal, avril 2006
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle
Répondant au souhait de Chomsky, selon lequel « si nous avions un vrai système d’éducation, on y donnerait des cours d’autodéfense intellectuelle », Normand Baillargeon recense dans cet ouvrage très didactique les principaux obstacles à l’exercice d’une pensée critique. Depuis les confusions liées au flou du vocabulaire et aux contorsions rhétoriques, jusqu’à l’« inumérisme » (équivalent de l’illettrisme en matière de lecture des statistiques et probabilités), en passant par toute la gamme des raisonnements spécieux et des sophismes, l’auteur nous fait parcourir l’arsenal de la bêtise ordinaire et de la « fourberie mentale ». Il nous met en garde contre leurs méfaits, qu’il s’agisse des déformations infligées à notre perception de la réalité, des impostures entretenues par les pseudosciences ou des manipulations orchestrées par les médias.
Alain Accardo
Le Monde diplomatique, avril 2006
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Un kit de poutine gastronomique
Paru un peu plus tôt cette année, l’ouvrage Petit cours d’autodéfense intellectuelle de Normand Baillargeon s’ouvre sur un exergue de Noam Chomsky où ce dernier exhorte la population de bien garder à vue les divers systèmes d’endoctrinement : « Il vient alors un moment où ça devient un réflexe de lire la première page du L.A.Times en y recensant les mensonges et les distorsions, un réflexe de replacer tout cela dans une sorte de cadre rationnel. Pour y arriver, vous devez encore reconnaître que l’État, les corporations, les médias et ainsi de suite vous considèrent comme un ennemi : vous devez apprendre à vous défendre. Si nous avions un vrai système d’éducation, on y donnerait des cours d’autodéfense intellectuelle. » L’une des préoccupations ayant motivé la rédaction du Petit cours tient entre autre à une inquiétude témoignant d’un « état réellement déplorable de la réflexion, du savoir et de la rationalité », notamment à l’intérieur du secteur universitaire que l’auteur connaît bien puisqu’il enseigne les fondements de l’éducation à l’Université du Québec à Montréal. Ajoutez à cela le foisonnement de toutes ces croyances irrationnelles comme l’ésotérisme, le new age, l’homéopathie, etc. et vous serez tenté de vous arrêter un moment pour réfléchir à l’influence et au succès de ces théories fumeuses. Bref, le Petit cours est en premier lieu une affirmation contre l’irrationnel et ses manifestations dans la sphère civile.

D’un point de vue citoyen, le Petit cours offre une sorte de boîte à outils : un « kit de détection de poutine », expression de l’astronome et vulgarisateur Carl Sagan, traduite de l’anglais par la formule baloney detection kit. Cependant, la seule vue de l’outil n’est pas immédiatement révélatrice de son mode de fonctionnement. En effet, les idées abordées par l’auteur ont la rigueur et le profil d’une authentique démarche philosophique dont les antécédents remontent -- nous vous le donnons en mille -- à Platon. Baillargeon souligne l’importance accordée à la place et au rôle de la philosophie dans la vie civile et ce, sans hiérarchiser, ni poser de jugement de valeur, ni créer non plus d’attentes chez le lecteur sur des idées toutes faites, mais en ouvrant toutes grandes les portes du scepticisme.

Il est vrai que l’exposé somme toute assez théorique des notions langagières et mathématiques (1ère partie) peut s’avérer à certains moments aride. Mais l’accent mis sur leur compréhension est d’autant plus intelligible quand vient le moment de les appliquer à des sources de connaissance (l’expérience personnelle, la science, les médias) ayant la particularité de forcer ou forger notre jugement au quotidien, ce que s’accorde à faire la 2e partie. Ajoutez à cela les trente et une stratégies pour entretenir une attitude critique par rapport aux médias, une liste exhaustive des médias indépendants (tous supports confondus) et une bibliographie toute aussi élaborée et vous serez fin prêt aux nombreuses joies de la découverte et de l’étonnement.

Autonomie et liberté, amour du savoir et de la sagesse, légitimation du dialogue dans la société civile, ces idées que l’auteur compte avoir rendues compréhensibles au lecteur participent d’une autre préoccupation qui est politique. L’idée essentielle à retenir du Petit cours serait de donner au citoyen les moyens d’avoir prise sur le monde et d’agir sur lui. Si l’ouvrage cherche à mobiliser les citoyens, c’est que certains facteurs en motivent l’intention. En tout premier lieu : les supports fondamentaux de la démocratie participative, à savoir l’éducation et les médias, dont les missions politiques et citoyennes sont à surveiller avec la plus soutenue des circonspections. À observer par exemple le conditionnement de la formation académique aux lois du marché économique, le monde de l’éducation et ses décideurs politiques semblent minimiser l’importance de donner à chacun une formation ouverte où tous les champs de connaissance sont sollicités. Dans la perspective de faire advenir un monde plus juste, les armes du savoir deviennent le rempart naturel pour combattre l’irrationalisme et le mensonge, la propagande et la rhétorique. Pour se faire, il vaut mieux aller lire et relire le « kit de détection de poutine » de Sagan auquel Baillargeon a su donner un approfondissement substantiel. À partir de là, le visage de la société civile et des institutions politiques se verrait radicalement changé.
Hubert Mailhot
Essai 21, Hiver 2006
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Surdose d'info: a-t-on le choix ?
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« Je le dis très franchement : comme beaucoup de gens, je m’inquiète de l’état de nos médias, de leur concentration, de leur convergence et de leur dérive marchande, du rôle propagandiste qu’ils sont amenés à jouer au moment où chacun est littéralement bombardé d’informations », écrit Normand Baillargeon dans son très populaire Petit cours d’autodéfense intellectuelle, publié l’été dernier. « Exercer son autodéfense intellectuelle est un acte de citoyen », peut-on lire dans son ouvrage, présenté comme une « introduction à la pensée critique ». Et se défendre intellectuellement, pour cet essayiste et professeur d’éducation à l’Université du Québec à Montréal, signifie entre autres s’informer, mais surtout connaître les ficelles qui régissent le monde des médias pour être en mesure de les voir. Un réflexe nécessaire en ces temps d’abondance de nouvelles informations.

Comment négocier avec cette avalanche de bulletins et reconnaître l’information fiable ? La première chose à faire serait sans doute de se renseigner sur la vision et les valeurs défendues par une publication, une station télévisée ou radiophonique et de rester vigilante par rapport à ses choix éditoriaux. Une autre bonne façon de ne pas se laisser emberlificoter est de détecter l’information-spectacle, dont l’intention peut être de nous effrayer ou de nous attendrir uniquement pour augmenter les cotes d’écoute d’une station ou le tirage d’une publication. « L’information-spectacle est théâtrale, immédiate, elle interpelle presque constamment l’opinion et la vie privée », explique Normand Baillargeon. Selon lui, une information fiable devrait remplir son rôle d’instrument démocratique en faisant appel à des principes universels et à la raison du citoyen. Elle n’est ni émotive ni spectaculaire. Avis aux intéressées : dans son bouquin, M. Baillargeon suggère une série de stratégies pour devenir une experte du sens critique.

[...]
Martine Batanian
Femme Plus, janvier-février 2006
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle
Excellente initiation à la pensée critique, cet ouvrage survole les multiples outils qu’a avantage à maîtriser tout citoyen pour éviter de se faire berner. L’importance stratégique d’instruments tels le langage, la logique, la rhétorique et la statistique y est relevée.

Inquiet de la propagation de maintes croyances pseudoscientifiques et de supercheries de tout ordre, et non moins préoccupé par la propagande et la manipulation auxquelles se livrent les médias dans la société contemporaine, l’auteur invite le lecteur à exercer son scepticisme, à demeurer vigilant et critique face à la masse d’information qui circule. Il s’attaque notamment aux paralogismes (faux raisonnements) et à ce qu’il désigne sous le vocable de « mots-fouines », c’est-à-dire ceux auxquels on peut faire dire pratiquement n’importe quoi : « Des recherches suggèrent que... », « Un produit peut produire tel effet... ». Il relève, par ailleurs, qu’une bonne maîtrise des mathématiques -- « compter pour ne pas s en laisser conter » -- limite les risques de se laisser manipuler par mille et une données et statistiques.

Au fil de citations marquantes, de questionnaires, de synthèses éloquentes et de dessins humoristiques signés Charb, l’auteur illustre comment on peut, par l’exercice de l’autodéfense intellectuelle, remettre en question bon nombre d’idées reçues, contrer le jeu des apparences et la manipulation tous azimuts de l’information. L’ouvrage insiste sur l’importance d’accéder à une information riche et sérieuse qui permette au citoyen d’acquérir une bonne compréhension du monde, de débattre des enjeux de l’heure et d’agir sur la société à laquelle il appartient.
Marie-Andrée Bousquet
Factuel, novembre 2005
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle
Toute affaire cessante, l’essai de Baillargeon est un des passages obligés de l’heure. L’essentiel de son très vaste propos, trop pourrait-on croire, vise à passer en revue divers aspects de notre société afin de développer une pensée critique à leur endroit. Les sujets qui sont ainsi discutés vont du langage aux mathématiques, de l’expérience personnelle aux sciences, le dernier volet étant consacré aux médias. La méthode de l’auteur est simple et efficace : il expose des faits entendus, les analyse en évitant tout syllogisme oiseux et les interroge de façon à stimuler notre pensée critique. L’appareil référentiel est important, les auteurs cités réputés parce qu’ils sont parmi les plus réputés empêcheurs de tourner en rond de leur champ d’activités. Ainsi, les pages consacrées aux médias confirment l’indispensable prudence vis-à-vis les nouvelles qu’ils distillent et l’incestueux rapport entre l’économie et l’information.
Jean-François Crépeau
Le Canada Français, 30/112005
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PETIT COURS D’AUTODÉFENSE INTELLECTUELLE
Professeur à l’Université du Québec à Montréal en Sciences de l’éducation, Normand Baillargeon est l’auteur d’un ouvrage récent sur la pensée critique intitulé Petit cours d’autodéfense intellectuelle. Il y présente avec méthode et pédagogie des outils et des applications relatifs à ce type de pensée. Sa première préoccupation est de nature épistémologique : il s’inquiète de la prévalence de la crédulité des gens et il est consterné « par ce qui me [lui] semble être un état réellement déplorable de la réflexion, du savoir et de la rationalité dans de larges pans de la vie académique et intellectuelle » (p. 10). Selon lui, l’inculture et le charlatanisme n’épargneraient pas certains secteurs de l’université actuelle.

Sa deuxième préoccupation est politique et concerne l’accès à une information complète et diversifiée de manière à comprendre le monde et à agir sur celui-ci. Il considère que l’éducation en tant qu’institution ne forme pas suffisamment le futur citoyen : « Les dérives clientélistes et le réductionnisme économique qu’on décèle actuellement chez trop de gens, et en particulier parmi les décideurs du monde de l’éducation, constituent donc, à mes yeux, d’autres graves raisons de ne pas être rassuré quant à l’avenir de la démocratie participative. » (p. 11)

La première partie de l’ouvrage intitulée Quelques indispensables outils de pensée critique est divisée en deux chapitres, le premier sur le langage et le deuxième sur les mathématiques. La justification des croyances est le titre de la seconde partie qui comprend trois chapitres portant respectivement sur l’expérience personnelle, la science empirique et expérimentale ainsi que les médias. Dans ce compte rendu, nous faisons ressortir la structure de l’ouvrage et mettons en relief quelques éléments tirés de chacun des cinq chapitres.

Le langage

Ce chapitre porte sur le langage dans l’optique de l’autodéfense intellectuelle, d’abord les mots et certains de leurs usages trompeurs, ensuite la logique et la rhétorique sous l’angle de la fourberie mentale et de la manipulation.

Dans la partie sur les mots, l’auteur nous « invite à faire preuve d’une grande vigilance à l’endroit des mots, une vigilance qui devrait en fait être égale à l’attention que leur portent, avec raison, ceux qui savent s’en servir efficacement pour convaincre, tromper et endoctriner » (p. 24). On y aborde la distinction entre la dénotation des mots et leur connotation, les vertus de l’imprécision, les dimensions sexistes, classistes, âgistes et ethnocentristes de la langue parlée ou écrite, l’art de l’ambiguïté et l’accentuation. Le jargon et la pseudo-expertise se manifestent lorsque les mots servent à compliquer artificiellement des choses plutôt simples ou à cacher la pauvreté de la pensée. Plusieurs domaines développent leur jargon propre, par exemple le droit: « Celui [le jargon] des sciences de l’éducation s’appelle l’educando – à ma connaissance, personne ne s’est encore attaqué à la tâche herculéenne de traduire ces textes en langage compréhensible au commun des mortels. » (p. 42)

Dans la seconde section du chapitre, Baillargeon présente plusieurs exemples de faux raisonnements, entre autres le faux dilemme, la généralisation hâtive, l’ « argument contre la personne », la pétition de principe et l’appel à l’autorité. La section se termine par un tableau intitulé « Les règles de la bienséance argumentative » dans lequel sont énumérées dix règles du savoir-argumenter et, pour chacune des huit premières, le sophisme (ou paralogisme) qui en découle chaque fois que la règle est transgressée.

Mathématiques

Le sous-titre du chapitre annonce l’intention visée : Mathématiques : compter pour ne pas s’en laisser conter. Face au fait qu’un bon nombre de personnes souffrent d’innumérisme – l’équivalent pour les nombres de l’illettrisme – l’auteur expose d’abord, avec patience et humour, des notions élémentaires présentées chaque fois sous la forme d’un problème suivi de sa solution. En voici quelques exemples.

Le problème : souffrir d’une indigestion de nombres qui n’ont strictement aucun sens ; la solution : compter soigneusement avant de décider de les consommer.

Le problème : ne pas savoir traiter les grands nombres ; la solution : utiliser la notation scientifique et faire de l’exercice.

Le problème : une illusion de précision extrême ; la solution : se rappeler comment cette prétendue précision a été atteinte.

Le problème : être victime de définitions arbitraires destinées à promouvoir une présentation intéressée d’une situation ; la solution : se demander qui a compté et comment a été défini ce qui est compté.

Le reste du chapitre aborde les probabilités, des notions de statistique ainsi que les illustrations et graphiques permettant de visualiser des données. Si cette partie exige plus d’effort et d’attention, elle comporte toutefois le bénéfice de nous rendre plus critique face aux données quantitatives dont on connaît l’utilisation marquée dans l’information quotidienne et dans les écrits scientifiques. Les notions de probabilité sont illustrées notamment par la loterie 6/49 et par le Triangle de Pascal. Les notions de statistique (« Au singulier, il [ce mot] désigne une branche des mathématiques qui utilise et développe des méthodes permettant de réunir, présenter et analyser des données », p. 127), plus précisément celle dite descriptive, sont exposées en se référant à la courbe de Laplace-Gauss, aux mesures de tendance centrale (moyenne, médiane et mode), aux sondages et à la constitution des échantillons, aux corrélations et à la régression vers la moyenne. Quant aux illustrations et graphiques, l’auteur nous invite, exemples à l’appui, à porter attention à la façon dont ils sont construits car ils peuvent être trompeurs. Un tableau résume enfin les règles apprises dans le chapitre, en adoptant la forme d’une série de questions à se poser sur les dimensions suivantes : la source de l’information, le contexte, les aspects qualitatifs et quantitatifs des données, les graphiques, schémas et illustrations ainsi que le sondage.

L’expérience personnelle

Nous nous référons souvent à notre expérience personnelle pour justifier une croyance, ce qui n’est pourtant pas sans dangers car la connaissance que nous en tirons est limitée. Nos sens peuvent nous tromper : l’auteur met en évidence l’idée que la perception est une construction, les perceptions étant des modèles du monde extérieur et non des copies fiables de celui-ci. Les illusions d’optique et le monde de la magie, entre autres, servent d’exemples pour illustrer le caractère construit de nos perceptions, « nous permettant de mieux saisir comment et dans quelle mesure notre savoir, nos attentes et nos désirs, notamment, sont mis en jeu dans nos perceptions » (p. 177). L’étude du fonctionnement de la mémoire démontre également le caractère construit de nos souvenirs, on n’a qu’à penser aux nombreux témoignages erronés concernant un crime ou un accident.

La dernière section met en garde contre la tendance à nous limiter rapidement à notre expérience immédiate pour former notre jugement. Plusieurs mécanismes entrent en jeu. La dissonance cognitive – par exemple, lorsque dans une situation nos convictions sont en contradiction avec nos comportements – crée un malaise qui se résout par la recherche d’une cohérence (dans l’exemple mentionné, nos convictions peuvent se modifier pour être cohérentes avec nos comportements). L’auteur rappelle également les grandes lignes de recherches classiques en psychologie sociale telles celle de Milgram sur les méfaits possibles de la soumission aveugle à l’autorité et celle d’Asch sur les méfaits possibles du conformisme.

La science empirique et expérimentale

Dans ce chapitre sur la science empirique et expérimentale, l’auteur montre d’abord, de façon succincte, la façon dont les scientifiques procèdent pour évaluer une hypothèse : trois notions sont présentées à cette fin, soit l’expérimentation avec contrôle de variables, l’expérimentation avec groupe de contrôle et l’expérimentation en double aveugle. Vient ensuite une réflexion sur la définition de la science, ses fondements et sa pratique sociale. L’auteur rapporte cinq critères permettant de faire une évaluation systématique des hypothèses, assertions ou théories quant à leur scientificité : la testabilité, la fécondité, l’étendue, la simplicité et le conservatisme.

Baillargeon termine le chapitre en fournissant quelques pistes pour une lecture critique de résultats de recherche, formulées sous forme de questions à répondre sur une série d’éléments (le contexte, la question de recherche, la méthodologie, l’analyse des données, les conclusions), et en proposant un modèle en quatre étapes qui aide à réfléchir systématiquement aux « théories » soumises à notre évaluation et qui semblent bizarres.

Les médias

Le cinquième et dernier chapitre traite de l’univers des médias et vise à nous rendre critique sur ce qui y est dit et sur la manière dont on le dit : « un observateur critique des médias portera une grande attention aux occultations et aux biais qui ne manqueront pas de se manifester dans la représentation du réel par les grands médias » (p. 275). Se référant en particulier aux travaux d’Edward Herman et Noam Chomsky, Baillargeon décrit le modèle propagandiste des médias qui, dans cette perspective, favorisent les intérêts particuliers de l’État et du secteur privé et il évoque le cas du téléjournal qui, à son avis, ne remplit pas adéquatement la mission politique et citoyenne d’information qui est celle des médias. L’auteur nous présente ensuite cinq filtres inhérents au modèle propagandiste des médias, notamment les trois suivants : la taille, l’appartenance et l’orientation vers le profit des médias ; la dépendance des médias envers la publicité ; la dépendance des médias à l’égard de certaines sources d’information (le gouvernement, les entreprises, les groupes de pression, les agences de presse).

Dans la dernière section, l’auteur propose une trentaine de stratégies pour entretenir une attitude critique face aux médias, entre autres les suivantes : écrivez ou téléphonez aux médias ; soyez rigoureux ; identifiez les sources qui alimentent les médias ; apprenez ce que sont les légendes urbaines ; étudiez la philosophie politique ; lisez Chomsky ; lisez régulièrement d’autres sources d’information (un tableau comprend la liste d’une quarantaine de médias imprimés et électroniques). La dernière stratégie mentionnée se lit comme suit : « Rappelez-vous que tout le monde a des valeurs et des présuppositions. Méfiez-vous donc aussi des auteurs de Petits cours d’autodéfense intellectuelle. Le présent, en tout cas, ne vous cache pas que ses convictions sont libertaires et il vous invite à le prendre en compte. » (p. 311)

Un guide stimulant

Cet ouvrage s’avère enrichissant pour qui veut accroître sa lucidité et devenir plus conscient des multiples pièges qui parsèment son itinéraire personnel et social. L’auteur offre un tour d’horizon clair et rigoureux de plusieurs outils et principes de la pensée critique. Les ouvrages et articles mentionnés dans la bibliographie, plus d’une centaine dont plusieurs de source américaine, constituent des références adéquates pour approfondir le sujet. Car ce guide représente l’amorce d’une démarche et une invitation à aller plus loin, que ce soit sur les plans personnel, social ou professionnel. Il ne manque en outre pas d’idées qui peuvent s’intégrer dans presque n’importe quel cours. En résumé, ce livre constitue un guide stimulant pour toute personne qui se préoccupe de la formation de la pensée critique.
Jacques Boisvert
Pédagogie collégiale, automne 2005
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PETIT COURS D’AUTODÉFENSE INTELLECTUELLE
Le dernier livre de Normand Baillargeon, professeur à l’UQAM, part d’un constat que je pourrais résumer ainsi : si déficit il y a dans nos démocraties, il est d’esprit critique et de transparence avant d’être budgétaire. La bêtise et l’ignorance citoyennes fleurissent, ce qui fait évidemment l’affaire des démagogues et charlatans de tout poil. L’éducation et les médias, ces institutions qui devraient au premier chef éclairer la vie citoyenne, sont mal en point : l’une souffre, entre autres, de boulimie clientéliste et l’autre d’un sérieux embonpoint, gracieuseté du divertissement et de la convergence. Constat trop alarmiste? Au lecteur d’en juger. Selon ses propres dires, Baillargeon propose un modeste effort pour combler, autant que faire se peut, ce déficit démocratique en redonnant sens à la participation active du citoyen. Conçu comme un guide d’autodéfense intellectuelle, son livre tente d’élargir notre compréhension du monde et de réveiller notre citoyenneté de sa somnolence.

D’une lecture facile et aérée, l’ouvrage, en outre fort amusant, se divise en cinq chapitres. Le premier analyse les multiples pouvoirs du langage. L’étude de la définition, de la rhétorique et des sophismes permet à Baillargeon de montrer que le choix et l’usage de certains mots conduit en droite ligne à la manipulation et à la fourberie pour qui ne sait en détecter les artifices. Le clin d’oeil à 1984 de George Orwell (la fameuse «novlangue» qui permet de dire que l’esclavage est la liberté) est, à cet égard, tristement d’actualité. Le volumineux deuxième chapitre, savoureusement sous-titré «compter pour ne pas s’en laisser conter», attire notre attention sur les mathématiques citoyennes. Ennemis du cosinus, de la cosécante et du nouveau canal «Argent», rassurez-vous : l’auteur ne tombe pas dans l’exposé poussiéreux. Soucieux plutôt de faire fondre l’innumérisme (l’illettrisme appliqué aux nombres), il explique comment scruter à la loupe sondages, probabilités et statistiques afin d’en comprendre les enjeux cachés.

L’expérience personnelle, la science et les médias, ces domaines particuliers de la connaissance, résistent-ils aux outils de la pensé critique précédemment acquis? Baillargeon teste cette hypothèse dans la suite du livre. Ainsi, le recours à l’expérience personnelle pour justifier nos croyances ne tient pas souvent la route. Nos sens nous trompent, nos souvenirs ne correspondent pas toujours à ce qui s’est passé, notre jugement peut être altéré. De même, il faut se méfier des pseudo-sciences du type astrologie, homéopathie, Feng Shui, cartomancie et Cie qui ne résistent pas bien longtemps à un examen rigoureux. Sans parler de la vigilance à exercer vis-à-vis de la science pure et dure, souvent à la solde d’intérêts politico-financiers et qui contient aussi son lot de tricheurs. Enfin, au sujet des médias, Baillargeon propose une grille classique mais efficace pour s’y rapporter et demeurer vigilants : taille, appartenance, dépendance à la publicité et à certaines sources, etc. Il énumère de plus quelques sujets récemment occultés par les médias étasuniens et canadiens. Troublant.

Truffé de graphiques explicatifs, d’exercices de «déconditionnement», d’exemples délirants (les élucubrations du mentaliste Uri Geller au lendemain des attentats du 11 septembre ou la vente sur eBay 28 000$ d’un sandwich au fromage représentant la Vierge Marie...), d’illustrations forts rigolotes, s’inspirant aussi bien de Platon que de Chomsky, cet ouvrage est une ode à la rationalité et à la lucidité. Le déficit zéro en matière de citoyenneté est sans doute inatteignable mais Baillargeon en dessine les contours comme celui d’un idéal à atteindre. Pour peu qu’on veuille bien s’en donner la peine.
Christian Boissinot
Hebdo Garneau, Vol. 29, no 2, août 2005
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Décoder l'arnaque
De plus en plus, les médias nous abreuvent de phrases-chocs, de déclarations à l’emporte-pièce et de pseudo-vérités assommantes. Puis nos proches et lointains les reprennent et alimentent une confusion de plus en plus grande qui nous fait souvent dire que plus rien n’a de sens, que tout se vaut.

De l’horreur d’une catastrophe humanitaire aux conséquences d’une décision politique (ou économique) sur notre mode de vie, en passant par les états d’âme de nos vedettes, tout nous est livré pêle-mêle, et nous possédons de moins en moins d’outils pour nous défendre devant cette poutine infâme.

L’irrationalisme, la bêtise, la propagande et la manipulation semblent avoir pris le pas sur les efforts de pensées critiques et de réflexions que demandent pourtant la plupart des sujets qui touchent notre vie et qui sont trop souvent traités de manière bien légère par la plupart de nos médias d’information.

Ce Petit cours d’autodéfense intellectuelle donne au lecteur des outils de détection des pièges intellectuels qui nous sont tendus continuellement dans nos mondes hyperactifs et surmédiatisés.

Normand Baillargeon nous livre avec ce livre jouissif un puissant outil de réflexion pour comprendre notre monde. Quand vous l’aurez lu, « vous ne pourrez plus vous en passer », nous prévient-on en quatrième de couverture. Croyez-le, parce que vous ne voudrez plus jamais vous séparer de cet ouvrage essentiel...
Michel Vézina
Ici, 1er au 7 septembre 2005
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Petit cours d'autodéfense intellectuelle
Être mieux armé contre le flou qui prétend à l’exact, contre le vaporeux qui prétend au solide ; se fabriquer une sorte de bouclier intellectuel et moral contre toutes les sottises qu’on nous lance en les faisant passer pour des faits, pour des vérités, voilà ce que nous propose Normand Baillargeon dans son Petit cours d’autodéfense intellectuelle, (sorte de « Comment ne pas être dupe pour les nuls »). Dans un langage élégant et parfaitement accessible, Baillargeon, auteur et prof, explique en somme les bases de « ce qu’il faut savoir pour mieux comprendre le monde d’aujourd’hui ». Il démysthifie notamment les chiffres et autres statistiques dont les médias nous inondent chaque jour. Illustré par Charb, ce « petit » bouquin (par ailleurs bien rempli) a déjà connu suffisamment de succès pour que Lux Éditeur le réimprime.
Aleksi K. Lepage
La Presse, 14/08/05
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Prendre au mot
Normand Baillargeon nous sert un tonifiant : Petit cours d’autodéfense intellectuelle. Les sceptiques seront entendus...

Connaissez-vous les mots-fouines? Vous en consommez pourtant tous les jours, sous la forme d’énoncés prétendument riches de sens, mais des petits mots d’apparence banale, lesdits mots-fouines, les vident de leur substance. « Un produit peut produire tel ou tel effet », « Des chercheurs affirment que », « Des recherches suggèrent que » ...

Nous ne sommes plus au Moyen Âge; les lumières du savoir et de la science ont débusqué bien des chimères, percé au jour bien des superstitions. À y regarder de près, pourtant, de tels exemples d’abus de crédulité et de charlatanisme larvé sont aujourd’hui monnaie courante. C’est du moins ce que croit et illustre avec brio Normand Baillargeon, professeur à l’UQÀM (il y enseigne les fondements de l’éducation) et essayiste (L’Ordre moins le pouvoir, 2001). Ce qui l’amène à mettre le doigt sur les premiers freins à la démocratie: le fréquent manque d’information et de réflexes critiques chez celui qui, en théorie, mène le bal: le citoyen.

S’intéressant d’abord aux multiples tours de passe-passe langagiers et aux paralogismes (grosso modo, les faux raisonnements), l’auteur soutient que nous sommes souvent roulés dans la farine. Au fil d’extraits de livres marquants, de petits questionnaires, de synthèses claires, le tout ponctué de dessins humoristiques de Charb, il convoque Orwell, Boileau, Chomsky, Carl Sagan et tant d’autres, démontant une pensée politique, une prédiction « avérée » de Nostradamus ou autre supercherie.

Baillargeon consacre aussi un important chapitre aux mathématiques, dont le sous-titre est évocateur: « Compter pour ne pas s’en laisser conter ». Le penseur s’inquiète de ce que trop de gens souffrent d’innumérisme (équivalent de l’illettrisme appliqué aux nombres), ce qui ouvre la porte à toutes les manipulations possibles de données et de statistiques. Plus loin, on s’intéressera à la valeur et aux limites de l’expérimentation personnelle, et surtout de la vigilance nécessaire dans l’élaboration d’une pensée ou d’un modèle à partir de nos perceptions et déductions. Vient ensuite une lecture de la recherche scientifique et de ses pastiches. Baillargeon interroge particulièrement nos croyances « pseudo-scientifiques », illustrant tout le paradoxe de ces disciplines qui se réclament de la science tout en la dénigrant: « La science est réductrice et oppressive, dira l’astrologue; mais l’astrologie, du moins la sienne, est bien une science », remarque-t-il.

Dans un dernier chapitre, on verra comment les messages véhiculés par les médias, qui peuvent jouer un rôle crucial dans l’apprentissage des citoyens et l’éveil d’une pensée critique, doivent être interprétés à travers une certaine grille, qui tient compte de l’historique et de la position « d’affaires » de ces joueurs dans le paysage médiatique.

S’il n’avait été préparé avec autant de soin, d’intelligence et de sens pratique, on aurait pu dire de ce livre qu’il ne fait qu’effleurer ses sujets. Petit cours d’autodéfense intellectuelle, c’est un brillant a b c, une mise en bouche qui contiendrait déjà toutes les saveurs du repas; c’est La Cuisine pour tous de la pensée critique. On n’y approfondit pas tout, mais on y apprend à faire un beurre manié. À nous d’explorer ensuite l’infini monde des sauces et des mélanges.

Par-dessus tout, l’exigence intellectuelle de Normand Baillargeon nous interpelle parce qu’elle ne ressemble jamais à de la condescendance ou à une morale gaugauche prédigérée. Voilà un petit livre non seulement réussi mais nécessaire, qui puise dans un flagrant amour de l’être humain et une indéfectible foi en sa capacité à juguler la bêtise.
Tristan Malavoy-Racine
Voir, 14 juillet 2005
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Le prof Baillargeon et la pensée critique
« Si nous avions un vrai système d’éducation, écrit le célèbre linguiste et intellectuel Noam Chomsky, on y donnerait des cours d’autodéfense intellectuelle. » En attendant que ce soit le cas, Normand Baillargeon, professeur à l’UQAM et militant anarchiste, a choisi de faire sa part. Dans un ouvrage à la fois lumineux et amusant intitulé Petit cours d’autodéfense intellectuelle, il nous offre une sorte de boîte à outils du penseur critique qui n’entend pas s’en laisser imposer par les manipulateurs de tout acabit.

Nous sommes peut-être plus instruits que nos ancêtres, mais nous ne somme